Alicia en el país de los zapatos maravillosos

Érase una vez una niña que vivía en un país muy, muy lejano y frío, llamado Alemania. Al nacer, la niña ya era bastante grande y crecía muy rápidamente. Su crecimiento era tal que su abuelita no daba abasto haciéndole y arreglándole la ropa. Pero la niña no sólo ganaba en altura, sino que además sus pies no paraban de crecer. Con ocho años calzaba un 38 y cómo no encontraba zapatos en la sección infantil tenía que buscar sus zapatos en la sección de señoras. Cada año en su cumpleaños y para Reyes pedía zapatos. Un año, para su décimo cumpleaños, encontró unas sandalias de charol blanco. A la niña le parecían los zapatos más bonitos que había visto jamás y dio saltos de alegría cuando las probó y vio que le quedaban bien. Pero con lo rápido que crecían sus pies, la alegría le duró poco tiempo. En un abrir y cerrar de ojos los zapatos se le quedaron pequeños. Con doce años ya calzaba un 41. En aquel tiempo el 41 ya se consideraba una talla especial que no se encontraba fácilmente ni en la sección de señoras. 

Los años pasaron y la niña se hizo adolescente. Tenía catorce años, medía 1,80 m y ya calzaba un 44. Muchas veces tenía que utilizar zapatos de caballero. Seguía pidiendo zapatos como regalo para su cumpleaños y para Reyes, pero era prácticamente imposible encontrar zapatos para ella.

Cuando la chica tenía dieciséis años una amiga, que calzaba también un 44, le comentó toda eufórica, que en una ciudad cercana había una zapatería de tallas extremas. Cuando la chica entró en aquella tienda dio saltos de alegría y se compró unas bailarinas de charol negro con un lazo grande. Las lucía prácticamente todos los días: estaba tan orgullosa de esas bailarinas, que le daba igual si tenía las piernas demasiado blancas o si iban bien con su vestido de color celeste o no. (Y, créanme, no iban precisamente bien con un vestido de azul clarito y unas piernas blancas como la leche…).

Con dieciocho años la chica seguía midiendo 1,80 m, pero ay… sus pies habían decidido crecer otro poquito más. Ahora ya calzaba un 45. Tenía la suerte de que en aquella tienda donde se había comprado años atrás aquellas bailarinas de charol negro, vendían también la talla 45, pero los colores eran siempre los mismos: negro, marrón, azul marino, beige o blanco. Mientras todas sus amigas lucían zapatos en un montón de colores, no había otros colores para ella.

Un año, estando ya en la universidad, la chica tuvo la ocasión de trabajar durante unas semanas como guía y así viajar a Asia. Durante este viaje la chica se enteró de que en Corea muchas zapaterías tenían fabricación propia y ofrecían cualquier talla. Y fue así, que un buen día la chica se encontró de repente en una zapatería en Seoúl, donde le tomaron las medidas para fabricarle unas bailarinas en varios colores. Cuando el paquete llegó a Alemania muchas semanas después, la chica volvió a dar… pues sí, saltos de alegría.

Con los años los fabricantes de zapatos alemanes por fin se dieron cuenta de que había bastante gente con tallas muy grandes o muy pequeñas y así surgieron más zapaterías especializadas. Pero los colores seguían siendo los mismos: negro, marrón, azul marino, beige y blanco. 

Pasaron los años y se desarrollaron nuevas tecnologías. De repente había toda una red para buscar zapatos –sólo hacían falta unos simples clics. La chica ya tenía sus años y estaba casada. Seguía pidiendo zapatos para su cumpleaños y para Reyes, y, ahora era su marido quién le regalaba zapatos. Cada vez que se iban de vacaciones preguntaban en las zapaterías de su destino vacacional si alguien sabía de una zapatería de tallas especiales. De esta forma ella se trajo zapatos de Estados Unidos, Italia y España. Y, sin darse cuenta, fue dando los primeros pasos para convertirse con el tiempo en una auténtica coleccionista de zapatos. Incluso empezó a pedir sus zapatos directamente a través de Internet –entre otros en una tienda en EE.UU.

Mientras tanto la mujer y su marido se habían mudado a un país en el sur. Daba la casualidad que era un país con muchísima tradición en la fabricación de calzado de alta calidad. Cuando la tienda de EEUU cerró, la mujer volvió a buscar en Internet zapaterías que tuvieran tienda online, pero esta vez los buscó directamente en el país donde vivían ahora –una idea que le había dado su marido. Y, tuvo suerte: encontró unas cuantas. Pero llegó la crisis económica y varias de estas tiendas tuvieron que cerrar. Así que… vuelta a buscar en Internet. Esta vez la mujer decidió buscar directamente a los fabricantes de zapatos y, de hecho, encontró uno que ofrecía tallas especiales. Cada modelo que ofrecía aquel fabricante estaba disponible en determinados colores. Pero… ¡ay!, la suerte volvió a durarle poco tiempo, porque a los pocos meses este fabricante cerró también por culpa de la crisis. Tras muchas horas de búsqueda en Internet la mujer volvió a encontrar otro fabricante que ofrecía todos sus modelos en todas las tallas y todos los colores. Ella dió saltos de alegría cuando le llegaron las primeras sandalias en turquesa. Sin embargo… una vez más su suerte volvió a cambiar, porque este fabricante también cerró por la crisis.

Pero como todo cuento, este también tiene un final feliz:

Una vez más, la mujer se metió en Internet. Esta vez miró en todas las tiendas online que encontraba, para quedarse con las marcas y los nombres de los fabricantes. De repente, en una página de esas tiendas, le llamó la atención un logotipo que decía «Ex-Factory Gennia» y «Hecho en España». Esto le parecía una buena pista… Así que se puso a buscar estas palabras en Google y llegó a la página web de un fabricante que se llamaba «Ex-Factory Gennia». Y, mejor aún… el fabricante tenía una tienda online. La mujer miró la oferta de esta tienda y encontró unas bailarinas en ante naranja y unas sandalias con cuña en ante nude, que además de bonitas, estaban muy bien de precio por ser el final de la temporada. Decidió probar con estos zapatos. Así que los pidió, los recibió, se los probó y volvió a dar saltos de alegría. Esto fue a finales de verano del año 2016. Desde entonces la mujer de nuestro cuento ha estado comprando sus zapatos en Ex-Factory Gennia. Ahora tiene infinidad de distintos modelos con mas o menos tacón, en un sinfín de colores y/o estampados maravillosos. Combina colores y materiales según su gusto y con total libertad porque Gennia no le pone ningún límite. Ya no quiere zapatos de otras marcas, porque los que le llegan de Gennia son todos preciosos y además le resultan muy cómodos. Hoy en día a la mujer se le pone una gran sonrisa de oreja a oreja cada vez que abre su armario y mira su colección de zapatos.

Y… colorín colorado… este cuento ha acabado.

P.D. La mujer, aunque ya entrada en años, sigue dando saltos de alegría cada vez que recibe un paquete con zapatos y sigue pidiendo zapatos como regalo para su cumpleaños y Reyes: algunas cosas no cambian nunca.